jueves, 17 de febrero de 2011

Humedad

Los días de lluvia no siempre son bien recibidos, pero a mí me hacía falta.
a. Fue despertarme, oír las gotas de lluvia golpeando contra la persiana y con la cabeza aún hundida en la almohada sonreí tontamente.
La verdad es que me rompió los esquemas por completo porque pensaba ponerme unos zapatos de piel vuelta pero la lluvia me había puesto de tan buen humor que no me importó ponerme las catiuscas. 
Me levanté anormalmente motivada y despejada a pesar de haber dormido sólo cinco horas. Fui al comedor y acompañé las tostadas matutinas con un café y como buena palurda y pringada -o eso es lo que dicen- estudiante de medicina, me puse a hincar codos.

Estaba preparando un examen que tenía al día siguiente y, la verdad es que lo daba por perdido. Me había tirado la semana previa enferma y demasiado fastidiada como para estudiar bien y desde luego, no contaba con la opción de poder aprendérmelo todo y a la perfección a tiempo o por lo menos, no lo suficiente como para aprobar.
En este caso quedaba claro que aquello de "querer es poder" no siempre se cumple. Llevaba cuatro días acostándome entre las dos y las tres de la mañana y era consciente de que ya se me podía aparecer la vírgen que ni por esas me daba tiempo de estudiarme el último de los diez temas que me entraban. 
"En fin"-me decía a mí misma- "querer no es poder, querer es intentarlo, así que aquí me quedo hasta que eche raíces."
Parece que esto de convivir con andaluces hace que me haya vuelto un tanto exagerada y no me quedé allí hasta tan tarde, pero sí que estuve horas y horas hasta que ni los vestigios de café que circulaban por mi cuerpo pudieron combatir el cansancio. Entonces, a las tres-cuatro de la mañana, me levanté, me fui a mi cama y una vez dentro pensé: "yo ya lo he intentado, ahora, lo que salga."


miércoles, 9 de febrero de 2011

En un pueblo de Cantabria.


Esa tarde Ricardo no lograba conciliar el sueño por lo que se levantó del sofá gruñendo y maldiciendo el no haberse podido echar la siesta.
Fue a la cocina a por un vaso que rellenó de lo poco que había sobrado del zumo de naranja que su mujer había preparado aquella mañana. 
Con pulpa y sabor a naranja en el paladar inspeccionó los armarios de madera deseoso de encontrar alguna galleta de chocolate, pero desde que Matilde -acomplejada y con razón- había decidido empezar una dieta, escaseaban tales manjares en aquella casita y tuvo que satisfacer la gula con una triste torta de maíz dietética. Era la última que quedaba, y por un sagaz instante se alegró, pero rápidamente recordó que su mujer había marchado a la ciudad mientras el descansaba y que muy probablemente ya se habría hecho con reservas de tortas de maíz para el resto del año. "Puaj" marsculló.
El silencio de aquel cántabro pueblo permitió a Ricardo escuchar el mujido de las vacas de los campos cercanos a su humilde morada mientras apuraba las últimas gotas del fresco zumo con una pajita. Las mismas gotas que le ayudaron a paliar el seco sabor de la tortita.
Se disponía a poner la radio cuando unos gritos de histeria junto con unas carcajadas le incitaron a aproximarse a la ventana de la cocina.
Descorrió las viejas y pesadas cortinas color verde caqui y cuál fue su sorpresa al ver a dos jovencitas andando en patín bajando a vertiginosa velocidad la cuesta de delante de su casa. Ambas mantenían el equilibrio perfectamente, pero a una se la veía resuelta y desafiante ante la velocidad mientras que la otra no parecía dispuesta a confiar su integridad física a dos ruedas y una tabla.
En cuestión de segundos sus cuerpos se convirtieron en dos puntos en la lejanía que marchaban carretera abajo por los caminos más desconocidos de la comarca. Terminó confundiéndolas con los verdes campos de la costa cántabra y le sirvió para darse cuenta de lo bonito que era aquello.
El mar del norte y las vacas, ovejas y caballos pastando apaciblemente por los esperanzadores campos de los alrededores de Santander mostraban esa paz que todo montañero busca, esa tranquilidad que toda alma ansía y esa inspiración que todo escritor anhela.

Grandísimo viaje S & B.

jueves, 3 de febrero de 2011

Muere la magia

"...él siempre acababa en un rincón, siempre añoraba días felices hoy ausentes pero cuando el respeto se pierde, muere la magia..."
No hay aviso, pasa sin más.
En esas temporadas en los que su vida se resumía en apuntes de anatomía, Irene tenía más tiempo para pensar. No debería de ser así, es cierto, pero es que los folios llenos de palabras y vacíos de sustancia la incitaban a huir. Le tentaban a escapar para luego volver y aterrizar torpemente en la cruda realidad.
Esta vez frecuentaba su mundo más que de costumbre probablemente debido a que le dolía más de lo normal el aborrecido “aterrizaje”. ¿El motivo? Muy simple, el tiempo se le había ido de las manos. Se le había hecho irremediablemente tarde.
Sin embargo, una vez más Irene estaba parcialmente en su mundo. Esta vez volvía de la universidad. Una dura jornada le había hundido la moral y la tarde de estudio que se le presentaba no le animaba a levantar cabeza. Sentada en el autobús de vuelta a casa, su mirada deambuló entre los rostros desconocidos del vehículo. Sus ojos se encontraron con cabezas rapadas, con melenas rubias, gorras, vestidos, ojos verdes y marrones y un par de libros de inglés.
Se levantó apresuradamente cuando se vio a punto de llegar a su parada y con unos leves empujones alcanzó la puerta antes de que se cerrara tras ella.
Comenzó a caminar con la mirada perdida, maldiciendo la cantidad de músculos que un ser humano tenía en su antebrazo hasta que una mirada familiar la hizo bajar de las nubes. Y esta vez, aterrizo de bruces contra el suelo.
Su primer instinto fue sonreír y saltar a sus brazos. De hecho sonrió, pero el hecho de no recibir otra sonrisa a cambio le quitó las ganas de abalanzarse sobre el chico que se acercaba de frente y de repente sus brazos parecieron haberse vuelto de plomo.
Siguieron avanzando sin perder contacto visual y cuando les separaba un metro de distancia el chico paró en seco e Irene, nuevamente guiada o más bien traicionada por sus instintos acortó las distancias para plantarle un par de besos en las mejillas a modo de saludo. Él, en tensión, sólo se limitó a ser educado y a preguntarle por detalles superficiales de su vida, esa misma de la que Irene procuraba huir.
Contenta, agitada y desconcertada Irene respondió sobre una realidad que no le pareció ni propia, pero las respuestas parecieron satisfacer la cortesía del muchacho, así que con unas apuradas palabras a modo de despedida la esquivó y siguió hacia adelante.
Cuando estuvo lo suficientemente lejos, ella se sentó en el bordillo de la acera un par de minutos antes de reanudar su marcha. Las piernas las sentía cansadas y el corazón acelerado. La alegría de verlo no cuadraba con la rudeza de la despedida. Definitivamente esos aterrizajes forzosos no le gustaban un pelo.
Decidida a no derramar lágrimas en un lugar público, se incorporó y erguida y con los pies en la tierra, marchó a su casa con los apuntes de anatomía bajo el brazo.
/coquini_riquini