domingo, 16 de octubre de 2011

En punto muerto.

Poca luz y mucho silencio.
Los mejores escenarios son los nocturnos.
Esto es una chica, niña unas veces, mujer otras que apaga las velas de su habitación. Se va a acostar.
Sopla la última y un palpito la obliga a girar sobre sus talones. Alza la vista y ahí está: la luna.
Brillante astro que ilumina los mayores secretos, la mayoría de las lágrimas sólo ella, dueña de la noche las ve.
La chica (en estos momentos mujer), se pierde observando su silueta realzada por la oscuridad del cielo negro. Piensa muchas cosas, pero ninguna en concreto. "¿Cuántas personas estarán mirando la luna en este mismo instante? ¿Qué pensarán? ¿Cómo serán? ¿Alguna estará bebiendo un vaso de leche? ¿Quizás estén fumando? ¿Estará él mirando la luna? ¿Se acordará de mí? ¿Quizás tanto como yo de él?"

Sólo las luces de velas repartidas por la habitación, olor a incienso de manzana, Orishas de fondo... inmejorable.

Creo que de cada persona se aprende algo, se coge alguna manía o algún rasgo... Éste es el suyo.

El día en que lo adquirió quedó grabado en su mente, al igual que aquél otro día se grabó la cicatriz en su brazo.
Era diciembre. Llevaba días peleándose con margaritas intentando que fueran ellas quienes decidieran su futuro. Sin embargo, fue ella quién llegó al salón y preguntó por él: estaba en su habitación.
Subió corriendo las escaleras, como acostumbraba a hacer desde que había dejado de hacer deporte. Era un intento por mantenerse en forma. Al subir el último peldaño paró un segundo para coger aire y tocó la puerta.
Entró.
Luces apagadas, la luz del portátil a su lado iluminaba su cuerpo derrumbado en la cama y la música de Orishas bañaba de tranquilidad la habitación. Daba la sensación de estar en punto muerto. Tumbado boca arriba, sin hacer nada, como esperando a que algo pasara, tuvo que doblar el cuello y forzar la vista para ver su cara a contraluz.

El corazón de la chica se encogió. Se desvanecieron los argumentos por los que venía y sólo quiso abrazarlo y jurarle no separarse de él en la vida.
Cerró la puerta y con pasos gráciles se acercó a la cama y se sentó a su lado.
Con unos ojos grandes y saltones la miraba con todo su ser hasta definitivamente se le olvidó el motivo de su visita.
La vida nos trata a todos de distinta manera y tanto él como ella lo sabían.
Hablaron, dejaron que la música los tranquilizara. Los problemas siguieron ahí, latentes, pero la situación había hecho que parecieran un poquito más inofensivos que hacía unos minutos.
Pasó el tiempo y ella terminó acomodándose en la cama: apoyó las manos a ambos lados del cuerpo del chico y mirándolo a los ojos desde arriba el beso fue inevitable.
A ése beso le siguió otro, y a ese otro, otro más y otro... Había caído.
Dejó que esos brazos fuertes acomodaran su cabeza en la almohada y tuvo que quitarse las zapatillas de tela para poder sentirse del todo a gusto. Por si acaso, él la ayudó a quitarse el jeresey.

La música no había dejado de sonar y ellos jugaban, rodando de un lado a otro de la cama, compartiendo caricias, besos, sonrisas, dulzura, cariño, comprensión, susurros, intimidad... Era un tipo de amor.
Irrepetible y único. Ése era su amor.





viernes, 7 de octubre de 2011

Se repite.


Esto es un copia-pega de un antiguo tablón que tenía por ahí guardado. Lo he leído y he creído apropiado volver a sacarlo a la luz....

"Hace ya un par de semanas que cumplí los ansiados dieciocho.
Al margen del hecho de que ya no voy a tener que aprenderme ningún DNI ajeno de memoria para intentar entrar en una discoteca, me he dado cuenta de que no ha habido ningún tipo de cambio. Hay cosas que son iguales que cuando tenía 17, 16....
Tiempo atrás perdí a un amigo, un amigo de los que tienen pase VIP en nuestros corazones. De ésos que son inolvidables. Dejan marca sin buscarlo, al mismo tiempo que tú dejas marca en ellos.
¿Y cuando se fue, qué? Nadie se imagina lo que sufrí. Por dentro, por fuera... aquello me ahogaba y no me dejó vivir durante una temporada que la temía interminable.
Ahora, incluso sabiendo que nunca más volverá a estar a mi lado, sigo soñando con sus sabios consejos y su apoyo incondicional. Añoro su capacidad para escuchar mis pequeñas crisis personales y esa cálida mano que me acompañaba en todos mis caminos, que nunca me soltaba, ni aunque me chocara con todos los muros que hubiera cerca. Digamos que era para mí lo que para un ciego su bastón.
Tengo dieciocho años. Soy mayor de edad. Puedo comprar alcohol, tabaco, votar, hacerme tatuajes y piercings sin autorización de un tutor... Soy libre y responsable. Mucho más: soy autónoma.
Pero una vez más, me doy cuenta de que echo en falta un bastón. ¿Sabéis? Una cosa no quita la otra; ser autónomo y ser ciego son compatibles.
Este mismo año he sentido algo extrañamente similar a lo que sentí por mi "difunto" amigo. Fui feliz durante un tiempo. Poco, por supuesto, porque aprendí del primer palo y ahora soy exageradamente orgullosa y procuro ser lo más autosuficiente que puedo. De buenas a primeras soy pura desconfianza y bastante reservada.
Cierto es que no me va mal. Al no entregarte rápidamente a alguien, no te llevas disgustos pero, me hizo tanta ilusión esta vez...
Eso es, exacto: me devolvió la ilusión. Un bastón nuevo. Parecido -nunca igual- al anterior. Confié. Erré. Errar es de humanos, pero allí no había rectificación posible. Me volví a llevar un palo. Pero esta vez, era la segunda. No dolió tanto.
Gracias me doy por tanto. Por aprender. Por aguantar. Porque hay veces que, por mucho que digan lo contrario, una fortaleza, no viene mal."

martes, 4 de octubre de 2011

Tema apropiado para leer este texto: http://www.youtube.com/watch?v=IIuQM_q0IUU&feature=autoplay&list=PL5993C845D17A1DCC&lf=BFp&playnext=1

A veces sueño y las demás ocasiones deseo estar soñando.
Me explico: pienso que la vida está llena, pero absolutamente repleta de risas, de conversaciones interesantes, de nuevos datos, de progresos y no retrocesos, de juegos malabares por las calles y caras amigables por doquier.
Bien, todo optimismo hasta aquí. Pero resulta que de vez en cuando llega un día de ésos en los que el despertador suena tarde y te levantas deprisa y corriendo. Por consiguiente, te encuentras la puerta de clase cerrada y entras bajo la fulminante mirada del profesor y un apremiante discurso sobre la puntualidad mientras 30 pares de ojos te siguen atentamente hasta que te sientas en última fila, desde donde apenas puedes ver la pantalla y seguir la clase te resulta imposible.
Justo ése es el día en el que mil detalles te recuerdan a tu ex novio y toda tu gente de la ciudad donde naciste parece ponerse de acuerdo para que veas lo bien que se vive allá arriba.

Ésos son los días que me hacen darme cuenta de que no todo es un sueño y de que el día a día no siempre es divertido. Que no siempre toca ir a un parque de atracciones con mi amiga la maña ni tampoco reírme con mis amigas tiradas en un apartamento en Málaga mientras nos lamentamos de la existencia de Paris Hilton y lo vergonzosas que eran las actuaciones de Amy Winehouse en los escenarios.

También son ésos los días que me hacen darme cuenta de lo asquerosamente dichosa que soy.
Nací en la ciudad más hermosa que pueda haber (además, ¡soy vasca!), tengo mil amigos pero tengo la suerte de saber con cuales de ellos cuento para todo, tengo una familia que me adora y a la que adoro, unos aitas que, a pesar de la distancia, y de lo poco que los he visto durante toda mi vida, están ahí siempre que quiera. También cuento con la suerte de haber entrado, como bien aprendí en novatadas, en la "puta carrera de medicina" y es que a diferencia de muchos, yo HE LLEGADO y estudio lo que me gusta. De hecho, hay veces que me pongo delante de los apuntes y del atlas de anatomía y sonrío al ver donde estoy.
Tengo el lujo de estar viviendo fuera de casa, de tener una nueva vida aquí en Madrid, ciudad de "el todo" y digo el todo, porque aquí hay de todo.
Qué suerte he tenido por haber conocido el sector hippie y el pijo, las noches de jazz en el Café Central y la mejor música de la sala Pantera. Me he pateado la Gran Vía de arriba abajo y he descubierto el encanto de Chueca, la Latina y he comprado en las tiendas de Fuencarral.

Más suerte aún por haber conocido a quienes he conocido, por haberme rodeado siempre de buena gente y de compartir sonrisas y abrazos, buenos momentos y malos, sobresalientes y suspensos...

¿Alguien da más?
Cada día me convenzo más a mí misma de que estoy demasiado bien acostumbrada.
He sufrido, como todo el mundo. No tanto como muchos, pero más de lo que la mayoría piensa.


Como diría el grupo 995 en el rap Todo va bien (http://www.youtube.com/watch?v=4VyO0VhrqDE)
yo amo a mi padre y a mi madre


No quiero que con esto nadie se hunda en la miseria, ni me tenga envidia. Lo único de lo que hay que envidiarme es de mi optimismo. Aplicaos el cuento, que ni lo malo es tan malo ni lo bueno es tan bueno.

SED FELICES

martes, 28 de junio de 2011

Dolor.

No hay nada más bonito que sentir el dolor ajeno. Por lo menos, no existe nada que cause tanta adicción.
Saber entender a alguien, escucharle y asentir con la cabeza por estar escuchando con el corazón...

Qué decir de la satisfacción que es para mí escuchar un grito de alegría cuando una amiga extiende sus brazos detrás de mí en la moto y sonríe con los ojos cerrados creyendo que el mismo viento que arranca sus lágrimas se llevará todo lo que la hace llorar.

Sólo un abrazo en un semáforo en rojo pueden hacer que me sienta tan satisfecha y útil. Ha sido eso es lo que me ha hecho sentir como en una película en la que aún no sabemos el destino de la protagonista. Eso último no me ayuda a librarme de mi angustia porque no hay nada que más me duela que sentir las lágrimas de una amiga en un abrazo, ni nada que avive más mi odio hacia terceras personas que una amiga cabizbaja acurrucada en mi hombro sollozando.

No hay nada peor que saber que tu apoyo no sirve para devolverle la sonrisa. Que no puedes arreglar su mundo. Sólo asegurarle que vas a ayudarle a reconstruirlo.

Asegurado queda.

miércoles, 22 de junio de 2011

Larreta.


A medida que se acerca el día, la angustia aumenta.
"Estas cosas pasan", lo sé. Mejor que nadie.
Todo lo que empieza, termina algún día.
El llanto de un bebé termina con los sonidos de los líquidos que entran y salen del cuerpo prácticamente inerte de una anciana. Es ley de vida.
Boca abierta, mirada perdida en el vacío...
Los familiares y amigos que desfilan por la habitación del hospital no consiguen devolverle su genio, su orgullo, la dulzura de su mirada al ver llegar a sus nietos... Boca abierta, mirada perdida... Ningún cambio notable en los últimos días.
Ahora, los jovenes llegan a verla y sólo consiguen que ese cuerpo distante y frío se esfuerze por mover la boca. Optimistas, intuyen que se trata de un amago de sonrisa.
Una mujer que, por sus dotes y cuidados podría pasar por enfermera, agarra las manos hinchadas de la vieja mujer. La cuidadora sabe que el riñón comienza a fallar y que, junto con el tumor, agotan el tiempo de vida de la mediana de las Larretas. Todos lo saben. Ella también es consciente, pero no se rinde. Nació valiente y elegante y con los años, se formó como mujer fuerte, responsable y cariñosa.
No cuesta imaginarla en medio de la guerra, o al cargo de sus hermanos pequeños o de sus hijos... o nietos. Nada que temer, sólo a la soledad.
Y hacía ya tiempo que estaba sola. Partida. Por eso ya no era la misma. Añoraba, al igual que yo, esa mezcla de olores -tabaco y colonia- y esas cervezas con patatas fritas a la una del mediodía. Pero es lo que hay. Es... ley de vida.
Ahora. Presente. Hoy. Vivimos en la actualidad, en el día a día. Los sentimientos cobran forma de lágrimas, sonrisas... aunque a veces no se vean, y esque, da vergüenza enseñar al mundo el odio, la debilidad, el afecto... Ser humano, asusta.
Supongo que ella se dio cuenta, de que no hay nada que temer, nada antinatural, nada que esconder, nada que..., nada que..., nada.... NADA. Por eso quizás, tras luchar, haya decidido...
Amor, mucho amor. Muchos dibujos, canciones, cumpleaños, regalos, paseos por la Parte Vieja, por la Zurriola, Hernani...
Amor de nieta, amor de amona.

---------Esto lo escribí hace ya un tiempo, más de un año. Sin embargo, he creído conveniente incluirlo en este blog porque es un texto que me gusta mucho, en el que reflejo muy bien lo que pensaba y aun pienso...

domingo, 22 de mayo de 2011

Etxera, mesedez.

Noizbehinka burura datozkit etxeko oroitzapenak; zelai berdeak imaginatzen ditut, itsasoko usaina gogorarazten saiatzen naiz eta amaren bazkari goxoak faltan botatzen ditut. Aitak maitekiro esnatzen nindunean eta motorra pizten nueneko soinu hunkigarria faltan botatzen ditut ere.
Trixte sentitzen naizenean etxera bueltatzeko gurea baino ez dakat. Amarekin lasai-lasai etzateko telebista aurrean eta, oheratzerakoan, neure burukoan aurpegia murgiltzeko, amets miragarriak izango ditudala sinetsiz.
Izan ere, etxean baino hobe, inon ez.



martes, 19 de abril de 2011

Jazz.

Me da pena, porque hay muchas veces que quiero escribir y no lo hago.
Soy consciente de que he abandonado esto un poco, pero creo que va a ser así siempre.


Era sorpresa. Juan los había llevado a todos a un lugar que definía como fantástico.
Llevaba una semana emocionadísimo y asegurándoles que les iba a encantar. Se lo veía tan entusiasmado que era imposible dudar de la veracidad de sus palabras. "ya veréis ya... y a ti, Claudia, a la que más. Ya veréis, ya. Tengo unas ganas de ver vuestras caras..." decía sin poder reprimir una sonrisa ilusionada.

Llegó el esperado viernes por la tarde, y tras ese desastroso examen todos, incluido Juan estaban bajos de moral. Aun así, siguieron las indicaciones de su amigo y montaron en bus y metro hasta llegar al centro de Madrid.
Bajaron en Sol y callejearon por detrás del edificio de las campanadas.
Juan, que no había estado nunca, necesitó de la ayuda de un par de farmacéuticos que atendieron con rapidez al joven guía desorientado para llegar a su destino final.
Era una cafetería de fachada antigua y ventanales grandes que permitían ver un escenario al fondo. Las terrazas de fuera estaban atestadas de gente que emitía todo el ruido y la alegría de la calle con las palabras que intercalaban con sorbos de café. Encima de la puerta de entrada unas letras amarillentas por el paso de tiempo rezaban "CAFÉ CENTRAL" y a ambos lados de la puerta había carteles grandes que rezaban "Hoy toca el grupo de jazz RACALMUTO a las 22.00. Venta de entradas a partir de las 21.00"
Efectivamente, a Claudia se le iluminó la cara. Ella era una fanática del jazz y tras estrujar la mano de Óscar corrió a dar un abrazo y un beso a Juan. "¡Sabía que te encantaría el plan!" le dijo.
Tanto cariño hizo que el bueno de su novio, Óscar, se pusiera celoso y una vez dentro, se aseguró de conseguir un asiento al lado de la chica.
Ella apenas se dio cuenta. Estaba demasiado embobada viendo a los músicos preparar los instrumentos mientras Óscar admiraba su belleza resaltada con aquella camiseta roja que dejaba al descubierto sus brazos naturalmente morenos. Llevaba su oscura melena recogida en una trenza que caía sobre su hombro derecho y lucía una coqueta flor roja en el lado izquierdo, muy propio de ella.

Lograron a duras penas captar la atención de un camarero extremadamente atareado. Pidieron unas cervezas bien frías, las entradas y una tosta que quedó en el olvido al poco de empezar el concierto.
El bar estaba hasta arriba pero el clarinete acalló al gentío nada más tocar las primeras notas.
Mientras tocaban, Claudia observó maravillada cómo la música une a las personas. Hombres y mujeres de etnias y culturas distintas, de sexos distintos y de vidas paralelas se apiñaban en un local insuficientemente amplio y callaban ante aquellos magos de la clave de sol.
Vio a un caballero con su hijo de diez años, más allá, dos parejas que rondaban los cincuenta se apiñaban en una mesa llena de copas vacías. De entre ellos un señor especialemente bullanguero y de vestimenta pintoresca le hizo sonreír. Más por el pobre muchacho que estaba a su lado soportando sus chistes malos con cara de desesperación que por los sonoros comentarios de aquel gracioso bonachón. El pobre chico de unos 19-20 años abrazaba a una chica que parecía embelesada por los músicos pero que, cada poco, miraba de reojo a su acompañante. Había varios cafés en su mesa y un par de pintas de Guiness que acompañaban a una despreciada tosta. Esto hizo a recordar a Claudia que también había una en su mesa y se giró para coger un cachito.
Volvió a mirar a la pareja que soportaba los comentarios del señor de camisa hortera y en parte, los envidió por la magnífica mesa que habían conseguido, justo en primera fila, delante del trompetista que parecía estar a punto de estallar de lo roja que tenía la cara por tocar.

Tras el trompetista, el batería se dejaba la piel con los platillos y los ritmos y cada poco, se peinaba su pelo canoso detrás de la oreja. A su lado, el entusiasta contrabajo con la camisa algo desabrochada pecaba de poner caras extremadamente raras debido a la motivación, debido a semejante nivel de concentración, de integración con el instrumento...
Por último el pianista y el clarinete parecían mantener un duelo que con miradas cómplices y juguetonas en el mejor sentido, convertían en un baile de notas que se oponían con total armonía.

Claudia volvió la vista a Juan y sonrío mientras pensaba "gracias".